Nora Strejilevich - Books / Stories - Crónica de una muerte no anunciada

 


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Crónica de una muerte no anunciada

Nora Nadir

...cruento atentado a una entidad judía...
-¡Más fuerte, por favor!
El taxista sube apenas el volumen.
...la calle Pasteur.... podría tratarse de una autobomba porque el edificio fue demolido... La noticia me derrumba los esquemas que me tracé para hoy. En un segundo se dio vuelta el mapa y no cuenta otra cosa que ese agujero negro en el barrio de Once.
-En vez de ir hasta Paraguay, déjeme por Viamonte y Uriburu- le ordenó con una convicción que me nace en la sustancia gris del estómago. No le resulta fácil doblar, ni seguir por Callao. Desviaron el tránsito y estamos atascados entre bocinas y sirenas. No escuché si fue en la Hebraica o en la AMIA, quién sabe si dijeron Lavalle y Pasteur o simplemente Pasteur. Hay seguramente muchos desaparecidos entre los escombros...más bien estacionamos en una película, debe ser eso y el cine rara vez da todas las pistas, cosa de crear suspenso. Sólo que acá no hay suspenso, el final pasó cuando uno estaba apenas entrando en puntas de pie por el pasilo,no hay tiempo ni para ver a los protagonistas perfilarse en la pantalla por la hora que dura su vida antes de terminar atrapada por la tragedia, imposible acomodarse en la butaca para secarse las lágrimas. Es la bronca la que se pone de pie y quiere gritar esto no puede ser, así no vale, pero quién va a levantar la voz si estamos todos en nuestro asiento como corresponde, qué van a decir los demás fijate esa loca pegando alaridos en medio de la función. El atentado sólo puede ser comparado con la voladura de la representación diplomática judía ocurrido el 17 de marzo de 1992... ¿Por qué no dicen embajada israelí? No entienden la diferencia, todavía. Claro que no deja de tener cierta lógica: si los judíos fuéramos argentinos, no seríamos judíos, así que debemos ser extranjeros, y en cuanto tales, alguna embajada habremos de tener. Otra prueba de nuestra extranjería es que tenemos nuestros propios templos, nuestros propios colegios, nuestros propios clubes como la Hebraica de Sarmiento y Pasteur, donde llego corriendo desde casa y me apuro hasta el tercer piso saltando las escaleras, shabat shalom, de dos en dos para subir más rápido porque hoy prendemos las velas a las seis y hacemos cabalat shabat. En casa no lo festejamos pero acá me divierte y después jugamos con los chicos al ping pong. Este ataque terrorista es un atentado a la sociedad argentina toda, dijo un comunicado de la embajada de Israel. Ahora lo dijeron bien, ¿ves que no era para tanto? Hay que tener paciencia y respirar hondo antes de meter la cabeza en el agua, y después patalear bien fuerte señorita, Ricardo me enseña a flotar pero cómo hago cuando quién sabe si estás vivo, uno siempre pensando en los que conoce. ¿Como imaginar la muerte sin una cara, aunque la bobe diga que es una vieja cubierta de ojos? Ojos más acos¬tumbrados que los nuestros a ver brazos sueltos, dedos sueltos, todo en pedazos menos la sangre que corre entera por las calles y da vuelta las esquinas como en alguna novela de eso que lIaman realismo mágico porque no viven en América Latina.

El taxista me ficha por el espejo pero hago como que no lo veo, no sea que encima me de lata.
-Señora, ¿qué le parece? ¿Por qué a los judíos siempre les pasan cosas así?
Lo único que me falta es que este Watson porteño me juegue a las adivinanzas, pero yo también tengo mis tácticas:
-¿Cómo dice?
-Digo que por qué piensa que en todas partes los judíos tienen problemas.
Esta tanteando para no meter la pata pero ya esta a punto de caer solito. Con cierto placer masoquista Ie doy el golpe maestro:
-y usted, ¿qué opina?
-Mire, yo no es que tenga nada contra ellos, habiendo tantos científicos, artistas, escritores israelitas... pero por algo será que tanta gente no los quiere, ¿no?

En este punto de la partida, que por ser de libro se repite con leves variaciones en cada nueva edición, suelo sacar la carta feroz y exhibirla con desparpajo: -Yo soy judía, señor-y el otro se queda entre atónito y paralizado. Un paquistaní en Canadá me confeso, después del consabido no parece, que era su primer contacto con un ejemplar de los nuestros. En ese entonces tenía paciencia para concientizar a la humanidad sobre la mitificación del otro, la ceguera del prejuicio, la aceptación de la diferencia como condición ineludible para el reconocimiento de la identidad esencial de todas las sangres todas... pero ahora no estoy de humor ni para el jaque final. El proselitismo es inútil, y más en estas mañanitas de Buenos Aires con olor a muerte. Me trago la lengua y Ie devuelvo el interrogante del siglo:

-¿Porqué será?
-Bueno, debe ser que son egoístas, usted sabe que entre ellos
se ayudan, pero a los demás...
Por suerte estamos casi en Viamonte. No tengo fuerzas para contestar.
-Mejor me bajo acá y camino un poco, se me hace tarde. Adiós.

En la banquina casi tropiezo con un pedazo de vidrio. A unos pasos se amontonan más ventanas rotas, astillas que se clavan en los pies y en el alma, como aquello de ustedes son judíos pero son buenos, como decían nuestros vecinos de enfrente. Ellos eran alemanes y, según mis padres, SS refugiados en la Argentina tras la guerra mundial. Mis abuelos, en cambio, eran rusos y polacos llegados a principios de siglos. Desde su paisaje de estepas, montañas, pogroms y ansiedades habían soñado un horizonte bucólico que quedaba a sesenta días y sesenta noches de océano. Anclaron en Buenos Aires. En playas de barro depositaron sus baúles y se llamaron, con erres rasposas y eses enfáticas: inmigrantes.

Series y simetrías: en 1951 nace una nieta de aquellos hom¬bres y mujeres que viven en fotos color sepia con sus sombreros hongo, eternamente de pie junto a mujeres de mirada perdida, vestido largo y rodete. Nace en contrapunto con un pogrom que se desata ahora en el barrio de Once: mientras ella gime boca abajo en manos de la enfermera, un viejo por Lavalle gime boca arriba, la barba en manos de algún iluminado dueño de la verdad y el ser nacional. EI dúo dura apenas unos segundos y a partir de ahí cada historia sigue su curso. Hasta que en 1977, sin po¬grom y sin viejos barbudos en escena, a ella la arrastran por la vereda mientras otros dueños de la verdad y del ser nacional repiten a coro judia de mierda, vamos a hacer jabón con vos.

Las frases se desparraman, como los vidrios, por la vereda. -Lo malo es que también murió gente inocente: albañiles, se¬cretarias, vecinos que no eran judíos...
-Mire que yo trabaje para ellos, y eran personas muy amables. Los judíos son hasta mejores que algunos cristianos, Ie digo que a mi me ayudaron mucho, y hasta me dio rabia lo que dijeron esos chicos que pasaban en moto.
-¿Qué dijeron?

..,Que por qué no los matan a todos!
Es difícil matarnos a todos, pero se hace lo que se puede.

Entre bambalinas, una mujer llora a su muerto. Espío, ladrona de emociones, como robándole la pena. Por suerte no me ve, no traigo micrófono ni grabadores o filmadoras para pedirle ¬cuéntenos qué Ie pasa señora, para que nuestros televidentes puedan compartir este momento con usted- no, apenas me cuelgo de las imágenes, Ie doy forma humana a las cifras, para que no se me olviden. Busco gestos, ademanes, sonidos que desmientan el anonimato glacial de 26 muertos y 120 heridos en el lugar de los hechos. El lugar es mi barrio de hace veinte y treinta años, y los hechos son esta queja gutural para la que no hay consuelo.

Un jefe policial orden a desalojar la zona de curiosos y perio¬dista. La "aplanadora" de uniformados avanza por Pasteur a cara de perro, con paso firme y codo a codo. Los policías se acercan al trote, dando órdenes-despejen, circulen-, instalando vallas, cortando calles. -Corrasé- me intima uno. Lo esquivo. No tengo por que hacerles caso, al fin y al cabo ustedes no hicieron mucho caso cuando me metían a golpes en el Falcon verde sin chapas por gritar en la calle palabras en judío. Lanzo mi nombre con pulmones con estómago con el ultimo nervio con piernas con brazos con furia. Mi nombre se agita salvaje a punta de ser vencido. Los domadores me ordenan saltar del trampolín al vacío. -Aunque no sepas nada la vas a pagar por moishe-. La oración circunda estas calles: se mudó acá nomás, a la vuelta del calendario, hace 17 años, alrededor de la misma comisaría, mientras ¿estos mismos policías? tomaban mate con facturas porque es sábado dos de la tarde muchachos hay orden de no interferir con el accionar de las fuerzas armadas o los grupos de tareas, todos adalides del orden que van a extirpar el cáncer de las bandas subversivas y apátridas.

-Primero vamos a acabar con los montoneros y después con ustedes. Recién entonces se va a poder respirar en este país ¬sólo voces y el eco en un subsuelo: desaparecida, ida, en el único circulo helado del infierno.
Quieren sondear mis relaciones con 105 terroristas del lrgún. -iPero el Irgún se acabo en el cuarenta y ocho!
No importa, ellos leyeron a Niezstche y saben que todo vuel¬ve.

Me susurran palabras en hebreo: que el entrenamiento militar en el kibbutz, que el nombre de mis javerim, que la gente de mi kwutzah. La que no sabe hebreo soy yo, y es difícil aprender con ese voltaje que me sacude me pincha me quema me revienta los dientes los oídos el cuero cabelludo los pezones los ovarios las piernas...

Un par de piernas sangrantes logran sostenerse a duras pe¬nas: -Se nos cayo la casa encima mientras dormíamos, ahora mi hermano y mis padres están en el hospital, yo me salve de milagro-, quiere que la dejen tranquila pero estamos en el aire y contestame una preguntita mas: -¿qué sentís en este momento? entre camillas, camionetas, pedidos, llamados, y sobre todo cuerpos destrozados y ambulancias ¿que va a sentir? que no todos los días se rompen las leyes de gravedad, que no todos los días uno abre la puerta para que un ciclón desmantele las habitaciones y destroce el pasado y arranque las manecillas del reloj, que no todos los días uno trata de escapar cuando la cerradura se movió la puerta torció la ventana trabó y uno gime acorralado por minutos que no corren, no todos los días uno tropieza y cae manos atrás atrapado por una noche que remata toda vida cotidiana. Uno se marea por la vorágine de retazos, de ayeres y de ahoras aplastados, uno se pierde entre sillas dadas vuelta cajones vacíos valijas abiertas colores cancelados mapas destrozados carreteras inacabadas. Apenas siento voces irreales modular: -¡Te querías escapar, puta!-mientras sigo en ese cuerpo precario: sue¬las tatuadas en la piel bota en la espalda arma en la nuca. -¡De pie! -me para sumisa confundida atontada vencida y grito -¡Me lIevan!- mientras dedos metálicos se me clavan en la carne. Dos de la tarde impune me tiran al ascensor me arras¬tran. En la vereda pataleo contra un destino anónimo en cualquier fosa colectiva, en cualquier diario guerrillera buscada por asociación ilícita muere por detonación de sus explosivos. La potente explosión causo daños en varios edificios locales... eso se ve, lo que no ubico es la AMIA. Desde la esquina busco algún pedazo de mármol, alguna piedra, el color oscuro de la puerta ¿de hierro? de la antigua fachada. No hay caso. Uno me señala ahí ahí, y bajo el índice vislumbro cascos trepados a montículos de escombros, ahí, entre las vigas, son mas bien brazos y piernas escalando montanas desprolijas, frágiles, desoladas. Un centenar de personas ha escalado la montaña de escombros y pugna por armar una cadena humana, con el objeto de trasladar heridos, medicinas, agua, baldes, oxigeno o lo que sea... Hay que espantar el aura tenebrosa de esta geografía, hay que actuar, llevar y traer mensajes, movilizarse para integrar la orfandad al paisaje cotidiano. Me encargo de traducir un horizonte parido en otro mundo, nieto de los te¬rremotos pero no nacido de falla natural. El presidente Menem se refirió a los "profesionales que vienen de afuera" y dale con los de afuera, no niego que los haya pero de paso y a pie de página citen a nuestra mano de obra desocupada, siempre lista para manufacturar desgracias. Me enojo con la radio, pero se me pasa. AI contar lo que va pasando le dan al horror un orden que se parece al sentido: el hospital de clínicas, ubicado a dos cuadras del lugar, se ha convertido rápidamente en el centro de atención médica principal... La organización neutraliza el pánico, el vado se va llenando de anécdotas, de logros, de fracasos. Se declaran duelos, se izan banderas a media asta, se mandan condolencias, se redactan artículos:

Una montaña informe de escombros de diez metros de altura es lo único que quedaba de los siete pisos de la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) media hora después del atentado terrorista que sembró la muerte en el barrio porteño de Once... Los socorristas voluntarios levantan los brazos para pedir silencio porque gritos de auxilio parecen levantarse desde las entrañas del derrumbe. Cualquier sonido puede servir de guía en la búsqueda, pera la histeria de la gente es más fuerte y se sigue hablando a toda voz (El Liberal, 19/7/94).


A toda voz se alzan las esquinas suspendidas bajo miles de paraguas con todas las manos todas queremos saber de que se trata, lástima el presidente mandando condolencias a Israel se equivocaba se equivocaba, pero acá están el portera la vecina los curiosos los comerciantes los religiosos los profesores yo tengo tantos hermanos que no los puedo contar.

Desde entonces algunos se dan cita en una plaza, como ya es tradicional en la Argentina, para que no se olvide el olvido. Desde lejos otros nos damos cita con el recuerdo, y rememoramos: había una vez una biblioteca en la calle Pasteur donde vivían señores de sombreros hongo eternamente parados junto a mujeres de rodete, pollera larga y mirada perdida, en fotos color sepia. Muchos de ellos se perdieron para siempre con sus casas de tapas duras, se disolvieron en esta América que los enterró por duplicado para que no se les ocurra volver con el primer eterno retorno que se les cruce. Nosotros rememoramos, pero la historia, que se dispara a menudo hacia arriba imitando peligrosamente un tiro al aire, se hace cargo de borrar melancolías enquistadas en el ayer. Prueba de ello es el nuevo edificio que borrará can su ímpetu juvenil las ruinas de un pasado doloroso pero no insuperable. La flamante AMIA Ie dará categoría al barrio y alzara el valor de la propiedad que decreció tan abruptamente en Once a partir del acto terrorista. Mientras tanto se siguen investigando pistas, con la ayuda de especialistas israelíes.

Lástima los policías que, tras despejar las calles con tanta eficiencia, volvieron exhaustos. De lo contrario hubieran salido a comprar esas cintas de varios tipos que sirven, entre otras cosas, para tomar declaración a los testigos presenciales que se acercan a dar testimonio sin que nadie los lIame. Lástima el dedo que una señora encontró y un uniformado tiro a la basura, porque esos detalles suelen ser útiles a lo ancho de cualquier investigación que se las precie de tal. .Pero lo digo sin conocimiento de causa. Debo confesar que me guió por versiones difundidas por periodistas que recorrieron el vecindario con demasiadas cintas y ganas de desprestigiar los esfuerzos del gobierno por dilucidar la verdad. Periodistas como Luisa, navegando entre los hoyos y los montículos de ese mar de asfalto que sobrevivió el sacudón, flotando entre las ruinas con sus enormes ocho meses de embarazo. Me meto en su ruta y la sigo, su inmunidad abriéndonos el paso en una corriente que nos arrastra no se si hacia adentro o hacia afuera porque todo es igual. A medida que avanzamos retrocede la realidad, no hay forma de palpar otra cosa que cortes, la pantalla esta delante de nuestras narices pero los canales cambian sin parar. La calle parece una peatonal del terror escoltada por esqueletos de construcciones, salpicada con coches aplastados, ambulancias y una alfombra de barro... El olor a amoniaco flota en el aire y casi daña el olfato pero a veces resulta atenuado por los escapes de gas, que hacen temer por una nueva tragedia... Nos salva la boca del subte. Una vez en su casa Luisa trata de llamar a Brasil, a Chile, a Canadá, para pasar su crónica. No hay caso, todo ocupado. Prendemos la tele y de golpe el mundo, que andaba a mil por hora, frena... el ataque terrorista contra la AM IA dejó un centenar de muer¬tos y mas de 300 heridos. El caleidoscopio de la muerte se congela en un humo que devora los colores de la ciudad. Se van el violeta, el azul, el rojo, los matices se retuercen en un arcoiris obeso a punto de reventar sobre terrazas, balcones, chimeneas, techos. El humo es un hedor pintarrajeado que impregna a Buenos Aires con la banalidad del mal.

Posdata: Los hechos y personajes de gran importancia en la historia aparecen por duplicado, dijo Hegel con la mirada en el espíritu de los pueblos. Marx, poniendo los pies sobre la tierra y observando las acciones de los hombres, agregó: primero como tragedia, después como farsa. El peligro de las teorías es que a menudo encarnan en países que no se especializan en inventarlas pero sí en seguirlas al pie de la letra.

Acaban de arrestar a cuatro periodistas y un conductor que trabajan para la revista Noticias –el semanario político que mas se vende en la Argentina-. Los cinco aparecieron enmas¬carados, en una camioneta blanca como la del atentado ala AMIA, con réplicas de un M16, una Uzi y cartuchos de dina¬mita. Se dice que su intención era hacer una representación gráfica sobre el peligro de un posible tercer atentado antijudío. Noticias dice que esa versión es absolutamente falsa, dice que dijo dijeron en la radio, pero no era falso el disfraz, ni el miedo que se sintió en el edificio ante otro ataque. "La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sus¬tancialmente era cierta. Verdadero era el tono... Verdadero también era el ultraje; sólo eran falsas las circunstancias, la hora, y uno o dos nombres propios" (Jorge Luis Borges, Emma Zunz, Buenos Aires, Emecé, 1974).






© 2005 Nora Strejilevich